Regalo en la Maleta (Reto Literup)

Un muchacho que no pasaba de los trece años, se precipitó hacia su casa y corrió hacia su habitación en busca de lo que necesitaba con urgencia. Todo fuera para hacer nuevos amigos.

El y su familia -compuesta por sus padres y dos molestos hermanos—, se había mudado a la casa de sus abuelos hacia menos de un mes, cosa que no le gustó para nada, pues tuvo que separarse de todos aquellos que conocía. Además sus padres habían tenido que cambiar de empleos y ellos de escuela. Cuando les preguntó a sus padres porque no habían vendido la casa simplemente, sus padres le habían dicho que no podían desprenderse de la casa en la que su madre había vivido toda la infancia.

Pero le chico no se sintió conforme con la explicación y aún enfadado por lo del cambio, vaticino que la casa se le caería en las cabezas el día menos pensado. Sus padres rieron ante la ocurrencia, pero dijeron que el lugar aun era firme y aseguraron que cada uno de ellos tendría una pieza de su propiedad que podían adornar como se les diera la gana. Cosa que apaciguo un tanto su enojo.

Cuando llego al lugar, se apresuró a elegir la pieza más grande para él. Cosa que sus hermanos —Quentin, el mayor y Trevor el menor—, trataron de detener, pero por primera vez en mucho tiempo, sus padres se pusieron de su parte y eso logró que se conformará con su nueva situación, al menos de momento. Todavía creía que la casa se desarmaría en cualquier momento y ellos tendrían que volver a su antiguo hogar, un pequeño departamento de tres cuartos ubicado en las periferias de Washinton.

El vecindario al que habían ido a parar era un conjunto de casa tan viejas como los que vivían allí y él, junto con sus hermanos, era los únicos jóvenes a dos o tres cuadras a la redonda, o eso creía él ya que no había visto a nadie de su edad. Pero ese día se encontró con un par de hermanos —gemelos— que vivían a un par de casas de la suya y a los que no había visto porque había salido a vacacionar con su padre. Ahora querían practicar un poco de béisbol y le invitaron, por ello el chico había corrido en busca de su guante.

—Mamá, ¿has visto mi guante de béisbol? —preguntó con tono ansioso.

Una mujer de unos cuarenta años salio de la cocina, secándose las manos. Era de tez negra como todos los de la familia, su cabello rizado lo llevaba amarrado y sus ojos color chocolate le miraron con cariño. Ella era la única que se encontraba en casa, sus hermanos habían salido de compras y su padre estaba en su nuevo trabajo y salia a la hora de almuerzo.

— ¿Chad? Perdón, no escuché lo que decías —dijo con voz calmada, su hijo le repitió la pregunta—. Lo más probable es que este en el ático donde están las cajas que no hemos desembalado aún.

El chico corrió al piso de arriba como una bala, sin darle las gracias a su madre. En pocos segundos se encontró tirando las escaleras extensibles que daba al último piso del lugar.

&&&

Cuando Chad asomó su cabeza por la entrada del ático, soltó un involuntario quejido de dolor. La pila de cajas por desembalar se le antojaba enorme.

Aun así, terminó de subir y cuando estuvo arriba, puso sus manos en las caderas —en un gesto muy común a su madre, aunque no lo supiera— y observó a su alrededor en un intento de adivinar en que caja estaba su preciado guante. Su instinto le dijo que comenzará por la izquierda, pero allí estaban las cajas más grandes, por lo que comenzó por el centro que parecía más despejado.

La primera caja que abrió tenía muchos zapatos, por lo que dedujo con acierto que nada de eso era suyo. Con la siguiente no tuvo mejor suerte, ya que solo se encontró con juguetes de Trevor. La siguiente solo miró por encima para cerciorarse que no tenía nada suyo para seguir con la siguiente. Pero ninguna caja de las pequeñas, tenía lo que buscaba. Frustrado las pateó, pero su pie se encontró con algo mucho más duro que simple cartón, lo que le provocó un severo dolor en su dedo pequeño.

Sorprendido, movió algunas de las cajas que estaba revisando y se encontró con un baúl, grande y pesado, de esos que aparecían en las películas de Harry Potter cuando iba a su escuela de magia. La imaginación de Chad se desbocó en un segundo, llegó a pensar que allí encontraría un tesoro pirata como en las series viejas que veía su padre, pero lo descartó de inmediato porque ¿quien dejaría un tesoro pirata en su desván y sin candado?

Aún así quería saber lo que había allí adentro.

&&&

Con su mano temblorosa por la impaciencia, el chico trató de abrir el gran armatoste, pero no pudo. La tapa resulto más pesada de lo que el mismo se figuró.

La siguiente vez, lo intentó con ambas manos, impulsando todo su cuerpo para abrirlo, lo que produjo que el mueble rebotara con un ruido sordo cuando la tapa cayó hacia atrás.

—¡Bien! —grito el chico sin pensarlo después de tanto esfuerzo.

Descansó unos instantes antes de asomarse al interior, pero cuando lo hizo se llevó una gran decepción. Dentro solo había ropa, papeles y un par de estuches. Primero sacó la ropa, que resultaron ser uniformes del ejercito bastante maltrechos, junto con una bandera americana algo amarillenta. Impresionado, los dejo a un lado, luego abrio los estuches y allí habían dos estrella del valor, las cuales también dejó a su lado. Por último, sacó un cuaderno que estaba amarrado por una cuerda, de él cayeron varias cartas que el chico recogió.

Observó las cartas caídas, tenían sellos de Europa, la hoja amarillenta y la caligrafía era un desastre, ni siquiera entendía la dirección que estaba puesto en ellos, aunque el nombre del destinatario estaba más claro, era Madeleine.

Al chico siempre le habían dicho que hurgar en la correspondencia ajena era un delito, pero su curiosidad era más fuerte que lo que dijeran sus padres por lo que no se lo pensó mucho antes de abrir un de los sobres y sacar la carta dentro. De todas maneras, se dijo a si mismo, si las cartas era tan viejas, era probable que los involucrados ya estuviesen muertos así que no iba importarle mucho que leyera un par de cartas sobre su vida.

&&&

“Querida Madeleine:

Al fin llegue a las barracas de europa. Después de varias semanas en barco y de que nos movieran de un lugar a otro como si fuéramos equipaje, al fin pudimos estacionarnos en algo más o menos estable.Como sabes, somos alrededor de quince personas que dormimos, comemos y vivimos juntos, o al menos, eso tratamos. Mi litera lo comparto con Walter. Es el huérfano que venía del sur, buscando trabajo y terminó en el ejercito. Todo iría bien si no roncara tanto.Cuando llegaron nuestras tropas, los ingleses parecían alegres y nos recibieron con una fiesta, aun así se nota que las cosas no están bien por aquí. A pesar que no nos dicen mucho, tal vez para no asustarnos, se nota una mirada sin mucha esperanza entre los soldados aliados.Mientras te escribía lo último, llegaron ordenes de movilizarnos, dentro de la próxima semana iremos a la línea frontal en Francia, el capitán dijo un nombre muy difícil de pronunciar, pero nada gano con escribirlo, de todas maneras los de inteligencia lo borrarían.Pese a todas estas nuevas aventuras, te extraño demasiado Madeleine, solo espero que esta guerra termine pronto para poder volver a casa y reunirme contigo.

George”

Chad terminó las últimas lineas de la carta y sacó la siguiente, a el siempre le había apasionado las historias de guerra y esto era un hallazgo invaluable para un chico sediento de aventuras como él.
“Querida Madeleine:
¿Cuanto tiempo a pasado desde que te escribí la última vez?Siento que ha pasado mucho tiempo, pero tal vez solo hayan sido un par de días.Como ya sabes, estoy en las lineas frontales de la guerra, me siento orgulloso de estar aquí defendiendo a mi país y a mi familia, pero… no es fácil.Una de las personas que conocí en el campamento fue a Jhon, era un joven alegre y que siempre hablaba con cariño de la granja que tenía su familia, recuerdo que me contaba que quería volver a hacerse cargo de sus plantaciones, que ya deberían estar listas para cosechar.Creo que era el mayor de sus hermanos.Ayer murió el pobre chico. Una bala perforó su pulmón y se desangró, eso es lo que me dijo el medico.Recuerdo haber escuchado alguna vez a un pastor decir que la guerra era el infierno en la tierra. En esos momentos no lo creí, pero no puede haber una mejor descripción de lo que pasa en este lugar. Es horrible. No puedo describirlo mejor.Ver a tanta gente morir. A tantas personas con las que compartiste el almuerzo o con la que conversaste minutos atrás. Da impotencia, rabia y… y… no lo se, no puedo describirlo… ¿desesperación? ¿tristeza?Ni siquiera puedo llorar con tranquilidad sus muertes, debemos seguir avanzando para no perder los pocos metros de distancia que hemos obtenido
Debo irme. Nos han llamado a la batalla otra vez. Quiero estar entre tus brazos, mi amada
George”

&&&

Chad quedó mirando al vacío luego de leer la segunda carta. Decidió que no quería seguir leyendo esa correspondencia. En esos momentos, sus ojos se sentían húmedos y temía ponerse a llorar en cualquier instante si se topaba con algo tan triste como lo que había leído.

Bajo la vista hacia el cuaderno en su regazo. Pensó en guardar todo y terminar de buscar el guante que había venido a buscar, pero se convenció de darle una pequeña hojeada a lo que tenía al frente suyo y si decía algo que lo deprimiera lo guardaría y olvidaría su existencia.

La primera pagina solo tenía garabateado un nombre, pero del que solo se distinguían la “G” y la “W”, el resto de la tinta se había esfumado, seguro por el paso del tiempo. La siguiente hoja solo había escrito una lista de palabras, la mayoría eran cosas de comida, por lo que el joven dedujo que podía ser una lista de compras. Ya en la tercera habían un par de garabatos que el chico no pudo adivinar que eran, así que siguió avanzando. Paso un par de paginas manchadas y se encontró con la misma letra desastrosa.

“3 Mayo de 1917
Ante la espera de tener nuestra asignación, no me queda nada más que hacer que escribir un poco.
Mentira. Tenemos entrenamiento estricto todos los días y mucho de nuestro tiempo se va en correr de un lado para otro con las pesadas armas o atendiendo las necesidades de otros grupos asentados en la base. Mientras que nuestro poco tiempo libre se va en relajarnos un poco con música y conversación.
Pero me pareció una buena idea registrar por escrito algunas de las vivencias nuestro grupo, y ya que soy uno de los pocos que saben escribir, aquí me tienen.
Nuestro escuadrón cuenta con quince personas en total, todos somos de color… ya que ni ante la muerte los blancos nos quieren cerca, pero lo prefiero así, es un honor poder combatir al lado de mis valientes hermanos negros.
Llevamos una semana en la capital de Inglaterra, llegamos en un barco de carga y fue un alivio poder caminar sobre algo que no pareciera gelatina, pero hasta ahora solo nos tienen de cocineros, camareros o como especie de sirvientes para el resto del ejercito, además de no dejarnos en paz con los entrenamientos matutinos.
Ya quiero ir a las lineas frontales y pelear con algunos de esos blancos malnacidos.”

Chad paso un par de paginas en donde la escritura parecía hecha por un niño de preescolar, hasta encontrar algo que parecía más legible.

“11 de Mayo 1917
Al fin decidieron ponernos a pelear. Hace unos tres días nos enviaron a (el nombre estaba borrado con tinta) y ahora estamos estacionados muy cerca de la batalla. Desde que llegamos solo he visto un par de intercambios de balas. Todo muy tímido, pero que de todas maneras intranquiliza.
Vivimos el día mirando continuamente hacía el lado del enemigo, expectantes de que se les ocurrida hacer ahora que los refuerzos han llegado. La única vez que me enfrente a uno de esos idiotas fue el día de ayer y pude ver que con quien peleaba no se encontraba bien, me pareció como una vieja y desgastada rama, mientras que sus ojos estaban sin vida. Me asustó. Por un momento pensé que frente a frente con la muerte.
Por lo demás, todo ha estado en calma, así que he podido apreciar de lo que aquí llaman la “campiña francesa”. Cerca hay un río al que llaman (frase borrada con tinta), no se pronunciarlo bien. El francés es rarísimo.
De vez en cuando vamos con alguno de los muchachos a una pequeña ladera a comer y de allí se puede apreciar un buen trozo de paisaje. Es muy bello y pacifico, un pedacito de cielo para nosotros.”

Chad con tranquilidad paso varias paginas más, en las que habían garabatos, dibujos y alguna que otra frase que no pudo descifrar. Pronto llego a una pagina, que tenía muchas manchas, algunas de un color pardusco que le dio muy mala espina, trato de leer lo que decía y lo logró, pero con mucha dificultad. Parecía ser que el que escribía no tenía un buen pulso.

“24 de Mayo de 1917
Quiero volver a casa. Tengo tanto miedo. No quiero morir aquí, lejos de mi familia.
Llevamos cerca de una semana bajo ataques continuos.
He visto morir a muchos de mis compañeros, el olor metálico a sangre y carne chamuscada, me sigue a donde quiera que vaya.
Y los refuerzos alemanes siguen llegando, mientras que nosotros cada día somos menos.
¡Oh, Dios. Por favor, envía alguien en nuestra ayuda!
No quiero morir. No quiero morir.”

Chad cerró el cuaderno de golpe, sentía sus ojos empañados, de nuevo trataba con todas sus fuerzas el evitar llorar. Se quedo un rato así, tratando de controlar sus emociones para que no lo vieran cuando bajara.

&&&

—Chad ¿Ya terminaste de buscar tu guante? —grito su madre desde el piso inferior.
—No todavía —trato de responder con voz normal, pero este le traiciono hablando en un tono más alto de lo usual.

Chad comenzó a guardar las cosas dentro del baúl, mientras escuchaba pasos que subían la escalerilla. Metió todo lo que estaba fuera con la mayor velocidad que pudo, pero aún así no alcanzo a cerrar el baúl antes de que su mamá estuviera frente a él.

—Chad —le llamo en tono de advertencia—. ¿Que estabas haciendo?

El chico trato mantener la compostura, tratando de ocultar el evidente sonrojo de culpabilidad.

—Nada, mamá —dijo el chico—. Solo buscaba el guante.

La mujer observó el ático con mirada critica y cuando los fijo en el baúl abierto, se acercó. Chad, mientras tanto se hacia el desentendido, mientras hacía como que buscaba su guante en otras cajas.

—No había visto estas cosas hace siglos —comentó la mujer mientras sacaba la ropa arrugada que Chad había metido de forma apresurada allí— ¡Oh! ¡Las cartas! —se sorprendió la mujer con un tono alegre.

Chad sin poder evitar su curiosidad, de nuevo. Se acercó.
—Estas son las cartas que tu bisabuelo le envió a tu bisabuela —dijo la mujer—. Le contaba cosas sobre la guerra, pero había algunas que eran muy románticas. Tu bisabuela me las leía de vez en cuando —le contó su madre a Chad.
—¿En que guerra peleó? —preguntó el chico, interesado.
—Peleo en la primera gran guerra —dijo la mujer con un dejo de tristeza—. De la esta volvió y cuando lo hizo, se casó con tu bisabuela. Tuvieron cuatro hijos, entre ellas mi madre. Más de veinte años después, comenzó la segunda gran guerra y el hermano mayor de mi madre, Robert, decidió ir al frente y ayudar. Murió un par de meses después y eso mató de pena a tu bisabuelo.

Chad quedó silencioso y pensativo. Mientras su mirada se perdía dentro del baúl que parecía contener tanta historia y tanto dolor.

—Yo siempre pensé que las guerras eran emocionantes y que la gente que lucha en ellas es valiente —dijo Chad
—La gente que va a la guerra es valiente, porque en ellas se puede morir —respondió su madre, mientras doblaba con cuidado los trajes de soldado y ordenaba un poco las demás cosas en el interior—. Pero las guerras son terribles, al final las personas que luchan es porque quieren proteger algo. El abuelo George y el tío Robert solo querían defender a las personas que amaban.

Chad miró a su madre, quien tenía los ojos llorosos,la abrazó sin pensarlo demasiado. La mujer le devolvió el abrazo, pero luego le dijo:

—Un par de hermanos te esperan abajo —dijo—. Es mejor que vayas, aprovecha de divertirte y de respirar aire fresco.

El chico se movió la cabeza asintiendo y segundos después soltaba a su madre y corría escaleras abajo, para reunirse con sus nuevos amigos.

Reto Literup 1: Rosa de los vientos

rosa pirata

 

Estruendo, junto con un penetrante olor a humo. Un nuevo estruendo acompañado con un olor humo aún más fuerte. Las olas se agitaban con cada nuevo ruido, lo que provocaba que pareciera embravecido aunque había un clima tranquilo, ni una sola nube en el cielo.

—¡Muévanse, ratas de alcantarilla! —se escuchaba a alguien gritar con irritación, pero sus palabras era ahogadas por nuevos estruendos.

Dos barcos, ambos con una Holy Roger en sus mástiles, se enfrentaban en alta mar a punta de cañonazos y maniobras navales arriesgadas. Su visibilidad era completa, por lo que ningún bando llevaba las de ganar, sus fuerzas también eran equilibradas ya que era un enfrentamiento uno contra uno. Todo se decidiría por la habilidades del timonel de cada nave.

Ambas embarcaciones se encontraban frente a frente. Una de ellas trataba de sacar la mayor ventaja por estar a barlovento disparando todas las balas de cañón que tenían disponibles en el menor tiempo posible; mientras que la otra nave intentaba realizar una virada para posicionarse en mejor posición a medida que iba disparando cañonazos de tanto en tanto, dando prioridad a la puntería antes que a la rapidez.

Los combatientes sabían que debían sacar ventaja de donde pudieran, ya que a quienes perdieran se le sería arrebatado todo, incluso la vida.

***

Estruendo, junto con u penetrante olor a humo. Un nuevo estruendo acompañado con un olor humo aún más fuerte. Las olas se agitaban con cada nuevo ruido, lo que provocaba que pareciera embravecido aunque había un clima tranquilo, ni una sola nube en el cielo.

—¡Muévanse, ratas de alcantarilla! —se escuchaba a alguien gritar con irritación, pero sus palabras era ahogadas por nuevos estruendos.

Dos barcos, ambos con una Holy Roger en sus mástiles, se enfrentaban en alta mar a punta de cañonazos y maniobras navales arriesgadas. Su visibilidad era completa, por lo que ningún bando llevaba las de ganar, sus fuerzas también eran equilibradas ya que era un enfrentamiento uno contra uno. Todo se decidiría por la habilidades del timonel de cada nave.

Ambas embarcaciones se encontraban frente a frente. Una de ellas trataba de sacar la mayor ventaja por estar a barlovento disparando todas las balas de cañón que tenían disponibles en el menor tiempo posible; mientras que la otra nave intentaba realizar una virada para posicionarse en mejor posición a medida que iba disparando cañonazos de tanto en tanto, dando prioridad a la puntería antes que a la rapidez.

Los combatientes sabían que debían sacar ventaja de donde pudieran, ya que a quienes perdieran se le sería arrebatado todo, incluso la vida.

***

batalla del mar

Al barco enemigo no le tomó demasiado tiempo acercarse al “Verde Esperanza”, a pesar de todos los esfuerzos que hizo la tripulación de alejarlos de la popa.

Cuando la nave estuvo cerca, Artos pudo leer su nombre en el costado. “Destripador” era el nombre de la nave y que no dejaba atisbo de duda ante sus intensiones. Saquear y matar.

Artos dejo de disparar el cañón. A esa distancia, ya las balas no servían para nada y solo pondrían en peligro a ellos mismos, ante una posible explosión de esquirlas de madera.

Al ver que ya no eran necesarios, Miguel y Lorenzo dieron un paso al frente con la intensión de ir donde el resto de los piratas, lugar donde esperarían el arribo de sus enemigos. Pero Artos no se los permitió.

—Pronto habrá sangre para todos —dijo el hombre—. No se apresuren a su muerte.

Los muchachos se miraron entre si y luego lo observaron. El hombre no supo que vieron en su expresión, pero al parecer fue eso lo que les decidió a hacerle caso.

Sus compañeros piratas comenzaron a gritar insultos y bravuconadas hacia la barco que se acercaba para hacer salir pronto a sus enemigos, pero estos solo los imitaron sin lanzarse a un ataque a ciegas. No iban a arriesgarse al abordaje hasta que su nave estuviera lo más cerca que se pudiera sin arriesgarse a chocar.

Aun así, Artos tuvo un mal presentimiento de esta batalla, la sonrisa cruel de los enemigos le daba a entender que no tendrían piedad con nadie, porque nadie lo había tenido con ellos antes. Eran seres que ya no creían en su propia humanidad.

Tomo cerca de diez minutos para que los barcos estuvieran dispuestos, pero fueron la tripulación del “Destripador” los que reaccionaron primero, lanzándose a un ataque furioso y feroz. Siendo detenidos apenas por los piratas que les esperaban.

***

El entrechocar de los aceros no se hicieron esperar. El empuje de la tripulación enemiga fue muy parecida al entrechocar del mar contra la roca, por lo que era muy poco probable que sus compañeros pudieran detenerlos por mucho tiempo.

Y así fue. La presión fue demasiado fuerte para la primera linea de defensa y pronto sus contrincantes inundaron toda la cubierta, donde la batalla se hizo generalizada.

El hombre y los dos muchachos se vieron rodeados, por lo que se vieron en la necesidad de rechazar a todos los atacantes que intentaban hacerse con el cañón detrás suyo. En eso, uno de los piratas enemigos se dispuso a lanzar una estocada hacia los muchachos, los que pensó eran una presa fácil, pero el arma de Artos se interpuso en el ataque con los que cubrió a sus protegidos.

Ambos piratas estuvieron forcejeando, Artos tuvo que tensar todos sus músculos para que su atacante no ganara ventaja. Era muy fuerte.

En eso el pirata hizo una mueca de dolor que desconcertó a Artos y acto siguiente cayó al suelo, desvanecido. A su lado, se hallaba Miguel con rostro consternado y su arma cubierta de sangre, el chico le habia lanzado una estocada en el abdomen.

—¡Cuidado! —grito Lorenzo, al ver que otro pirata se decidía a atacarlos.

Artos no tuvo tiempo de consolar al muchacho por su primera muerte, había que salir de esa batalla primero, ya después se lamerían las heridas. Interceptó a su nuevo enemigo el cual eliminó con unas cuantas estocadas rápidas y una daga bien puesta en el cuello.

—¡Vayan bajo cubierta! —ordenó Artos a los muchachos, quienes peleaban juntos contra otro pirata, al que dejaron bajo combate— ¡Protejan los tesoros y las armas!

Los muchachos asintieron y se alejaron mientras el hombre vio como esquivaban todo lo que interrumpiera su carrera. El pirata suspiró aliviado, esperaba que con esto sobrevivieran aunque sea un par de horas más.

Ya más tranquilo por la suerte de esos dos, volvió al combate.

***

El combate recrudecía por momentos. Parecía que nunca dejaban de salir más y más piratas desde la embarcación enemiga, a la par que la resistencia de sus compañeros de armas se hacia cada vez menor.

Artos peleaba con un marinero que parecía muy duro. Llevaban varios minutos intercambiando golpes, pero el hombre parecía no cansarse. Artos comenzaba a sentirse desesperado.

Es curioso lo que se observa en los momentos de adrenalina pura. Artos, quien pensaba que sus minutos de vida estaban contados, trató por todos los medios de generar alguna ventaja que le diera la victoria. Mientras tanto, sus ojos se desviaron a la extraña marca que su enemigo tenía a la altura del cuello.

Enfocando la vista en este lugar se dio cuenta que era un tatuaje, el cual mostraba una rata con un trozo de carne en la boca y que estaba rodeado por espadas curvadas formando un circulo.

Al fin sabía quien los atacaba. El tatuaje era el emblema de un grupo de piratas llamados “Los Rastreros”, los cuales se dedicaban a saquear a cualquier barco que estuviera solo. No les importaba si era de otro grupo de piratas, o un grupo de marinos o algún barco mercante, cualquiera les servía para saciar de hambre de riquezas.

Este grupo era despreciado por todos los piratas, ya que rompía todos los acuerdos intrínsecos a la vida del mar y la pirata. Por otro lado, la cabeza de cualquier “Rastrero” era muy bien pagada, tanto por los marinos como por los piratas, así que capturar alguno —vivo o muerto—, era un buen botín para cualquiera.

***

El saber que podría tener una buena recompensa si salía vivo de esta, elevó las expectativas de Artos a niveles inimaginables. Como si fuera ungido por los dioses del mar, el hombre se sintió lleno de energía y comenzó un ataque furioso contra su oponente al que despachó en solo un par de estocadas.

Dos o tres ilusos trataron de pararle, pero solo lograron aumentar la cantidad de muertos a sus pies. En el transcurso de esas pequeñas escaramuzas, las tornas de la batalla habían cambiado. Ahora era los atacantes los que parecían superados y cansados, aunque aún eran más que los defensores debido a la carga inicial que había cobrado la vida de muchos de sus compañeros.

Cada vez más enfadado y resentido, Artos atacó al primer desconocido que vio sin mayor aviso que un especie de grito de guerra acompañado por una carga ciega. Con este nuevo enemigo, se enzarzaron en una batalla que parecía bien equilibrada, los mandobles iban y venía creando una danza que les llevo hasta la proa del barco, donde también se libraba una batalla.

Artos a pesar de su furia, sintió un ligero dejavú. Las maniobras le resultaban familiares, de un pasado que tenía guardado muy profundo en la memoria y que en esos momentos intentaba salir a flote.

—¿Artos? —pregunto su contrincante observándolo con los ojos muy abierto y una actitud tan sorprendida que con dificultad podía ser fingida.

Artos se desconcertó ante el reconocimiento de su enemigo. Ambos bajaron las armas y el hombre miro a su contrincante de arriba a abajo concentrándose en sus ojos.

—¿Zola? —preguntó al reconocer esos ojos miel que lo habían acompañado toda su infancia— ¿Eres tú Zola? ¿Pero que haces aquí? —preguntó espantado.

***

—Es una larga historia, mi amigo —dijo el hombre, mientras dejaba su arma a un costado y le daba un fuerte abrazo que Artos correspondió con emoción.

El hombre se sentía consternado, una de las razones por la que se fue del pueblo era para encontrar a su mejor amigo, el que había salido un par de años antes, aburrido de la rutina. Como el mismo decía, necesitaba acción.

Mientras observaba a su antiguo camarada, se dio cuenta que había cambiado mucho y una voz interna en su cabeza se pregunto “¿Como saber si de verdad era Zola?”. Trato de hacer caso omiso a su natural desconfianza, pero esta le había salvado de varios peligros. Nunca estaba demás ir sobre seguro.

—¿Cuanto tiempo ha pasado? ¿Hace cuanto que no nos vemos? —preguntó el hombre en tono casual, mientras tomaba una postura relajada aunque con la mano sobre el mango de su puñal
—Déjame pensar —dijo el otro hombre—. Si no recuerdo mal, me fui cuando tenía 16 de la aldea, así que deben haber pasado once años —anunció.

El pirata sonrió con sinceridad. Entonces, si era su Zola, recordaba como si hubiese sido ayer el momento en que el adolecente de ese entonces llegó a despedirse a su casa, prometiendo que volvería a buscarlo cuando la fortuna le sonriera.

En ese tiempo, el joven Artos era muy impaciente y al cabo de dos años de no verlo llegar, el también salio de su aldea en busca de una riqueza, que hasta ese momento se le había estado escurriendo de los dedos.

—Hace algunos años pase por la aldea —dijo Zola, como respondiendo a los recuerdos de su amigo—, pero tu madre me dijo que habías salido hace años, pero que no habías vuelto.
—Es una larga historia también —dijo el hombre un tanto avergonzado.

En eso dos hombres desde distintas direcciones, enarbolaron sus armas contra los amigos recién reencontrados, quienes con un par de movimientos dejaron a sus nuevos contendientes en el suelo inconscientes.

***

Artos miró a los hombre en el suelo y algo en el estomago se le revolvió, empezaba a estar cansado de esa vida en donde se arriesgaba su cuello un día porque si y al otro también, solo por un puñado de monedas.

Zola y él se miraron, ambos suspiraron al mismo tiempo.

—Parece que la pelea tiene para bastante tiempo —dijo Zola con tono ligero.
—¿Cómo es que hemos terminado así? —preguntó Artos sin poder evitarlo— ¿Qué hicimos mal como para tener que encontrarnos como enemigos? —habló con algo de resentimiento en la voz.
—Malas decisiones mi amigo —dijo Zola, resignado—. En mi caso, lo que más me interesaba era salvar la vida para volver a verte —se sinceró

Artos observó a su acompañante con intensidad, era lo mismo que él sentía, siempre había tenido la esperanza de ver a su compañero de aventuras una vez más, pero eso no ayudaba al dilema al que se enfrentaban ahora. Si su grupo ganaba era seguro que mataban a todos incluyendo a Zola, y si era la gente de Zola la que ganaba, el ya podía irse despidiendo de ver la luz del sol.

—¿Cómo salimos de este enredo? —pregunto Artos, pero no pudieron conversar más porque otro grupo de enemigos se acercó para enfrentarse a ambos.

***

Se deshicieron de sus nuevos enemigos en un par de minutos y sin mayores heridas que un par de tajos en los brazos o en la cara, pero de todas maneras fue un enfrentamiento arduo ya que ambos se encontraban sin aliento.

—Me cansé —anunció Zola con tono duro—. Ya estoy hastiado de ser pirata. Me voy —anunció con voz entrecortada
—Como si fuera tan fácil —dijo Artos, luego de respirar profundo y recuperar el aliento.
—Lo es, si me ayudas —anunció su amigo con mirada confiada.
—¿A que te refieres? —preguntó Artos.

Zola le explicó su idea, Artos escuchó atento y poniendo reparos en ciertas partes del plan que parecían dejar demasiado las cosas a la suerte. Zola modificó estas con ayuda del conocimiento de su amigo y cuando ambos estuvieron de acuerdo, unos diez minutos después, pusieron manos a la obra.

***

Zola y Artos se dirigieron al centro de la cubierta del barco, combatiendo. Su idea era pasar desapercibidos entre la ola de atacantes y defensores, ambos bandos reconocían a parte de su tripulación por lo que la pantalla funcionó de maravilla.

Con una coreografía simple, lanzando estocada que un par de veces hicieron que los amigos se hirieran debido a movimientos mal calculados o por intervención de terceros, avanzaron por el barco. Las heridas accidentales, de hecho hicieron que su pelea fuera más creíble para lo que ellos pretendían.

Se dirigieron a babor, donde Artos le había comunicado a su amigo que estaban los barcos de remos, los que no eran visibles por estar tapados por la cabina principal. Cuando llegaron se encontraron solo con cuerpos tirados en el suelo, los dos hombres dejaron de combatir y suspiraron con alivio.

Zola se quedo desamarrando el bote, mientras Artos se dirigía a la cocina del barco, que se encontraba bajo cubierta para robar un poco de comida y agua. Para su escape era necesario tener un par de provisiones.

Cuando llegó a la parte baja de la nave, se encontró con una masacre. Los “rastreros” se había tratado de introducir a la zona de carga, pero un grupo de defensores le esperaban. Ahora todos yacían muertos en en el suelo, incluidos Lorenzo y Miguel.

Al ver esto, Artos se sintió culpable y sus ojos amenazaron con llenarse de lágrimas, pero con un brusco movimiento de su brazo las detuvo antes de que se hicieran presente. Dejando de lado sus sentimientos, se introdujo en la cocina, donde no había nadie.

Busco lo que necesitaba y elaboro un atado con algunos paños de cocina de tela tosca. Corrió de vuelta al bote, donde Zola combatía con uno de sus compañeros. Después de unos segundo de duda, el hombre decidió que hacer.

En silencio, Artos se acercó por detrás de su compañero de tripulación y con el canto de su arma lo noqueó en la cabeza. Y Zola al verlo suspiro de alivio, mientras el hombre se introdujó en el bote para iniciar la huida.

Zola comenzó a bajar la pequeña embarcación un poco, pero al momento siguiente pareció cambiar de idea y se alejo de los aparejos.

—Zola, Zola —llamó Artos en susurros.

El hombre se asustó, pensando que su amigo se había arrepentido o que todo esto había sido una estratagema en su contra. Después de todo llevaban años sin verse y la gente puede cambiar.

Pero momentos más tarde, Zola hizo su reaparición y el pirata se arrepintió de su desconfianza. Su amigo saltó a la barca, la que se bamboleó ante el nuevo peso añadido y a lo brusco del movimiento. Luego ambos comenzaron a bajar el bote.

Nadie pareció darse cuenta de lo que ambos planeaban.

***

—¿Porque te devolviste? —preguntó Artos
—No podía permitir que nos descubrieran o persiguieran —dijo Zola— Comencé un incendio en los dos botes que quedaban. Cuando se den cuenta, pensaran que el tercero se quemó y que los dos nos perdimos en el mar durante la batalla.
—Bien pensado —aseguró Artos conforme con su explicación.

Remaron con todas sus fuerzas, porque aunque estaban en el bote eso no significaba que nadie se diera cuenta de su escape, sobre teniendo en cuenta que la visibilidad del día era la mejor. Debían avanzar lo más rápido que pudieran, para ser un punto en el horizonte para cuando todo se calmará y pudieran detenerse a otear el mar, sea quien fuese el que ganara.

Media hora estuvieron remando con la única meta de alejarse de la vida que llevaban hasta el momento, en eso un estruendo llamó su atención. Se dieron vuelta —ya que le habían estado dando la espalda a la batalla siguiendo la corriente para alejarse más rápido—, y otro estruendo más fuerte dejó ver llamas en el “Verde Esperanza” y unos minutos después, el resto de la nave se incendiaba con velocidad.

El “Destripador” trató de alejarse del barco incendiado, pero fue muy lento. Una tercera explosión, lanzó una enorme cantidad de brazas a la nave de los rastreros y esta comenzó a incendiarse a una velocidad mayor que el de su contricante. Una cuarta explosión les indicó a los hombres fugados que el fuego había alcanzado la bodega de pólvora del barco atacante.

Ambos ex-pirata se miraron con un dejo de tristeza en sus miradas, pero no dijeron palabra. Solo tomaron los remos de nuevo para alejarse de los barcos destruidos.

FIN